miércoles, 12 de noviembre de 2014

El amor y el sexo en el antiguo Egipto

Buenas tardes, egiptomaníacos. Hoy voy a hablaros de un tema tan natural como la vida misma, tanto en la actualidad, como en el antiguo Egipto: el amor y el sexo.
A pesar de la censura a que se sometió durante el siglo XIX y XX todo descubrimiento arqueológico relacionado con esta temática por parte de los primeros arqueólogos y egiptólogos, la representación de la vida amorosa de los antiguos egipcios es escasa y menos explícita que en otras civilizaciones antiguas, como Grecia o Roma. Pero podemos saber algo de cómo fue gracias a  fuentes como los poemas amorosos del Reino Nuevo, los óstraca y grafitos con escenas más explícitas, el llamado Papiro erótico de Turín, los exvotos y amuletos sexuales y las escasas referencias en mitos y literatura de la época.

Religión y sexualidad
Los antiguos egipcios tuvieron varias cosmogonías (es decir, mitos sobre el origen del mundo) simultáneamente. Una de ellas era la llamada cosmogonía heliopolitana, surgida en la ciudad de Heliópolis (o Iunu para los egipcios), donde se veneraba al dios del sol, Ra. Según este mito, recogido en los llamados Textos de las pirámides, el creador de todo fue Atum, el sol del atardecer. Como en un principio sólo existía él, tuvo que recurrir a la masturbación para crear a la primera pareja de dioses, Shu y Tefnut: Yo soy quien fornicó con mi puño. Yo me masturbé con mi mano.
Atum el creador
Con el tiempo, esta historia daría origen al título religioso de Mano del dios. Algunos egiptólogos creen que, aunque no nos haya quedado constancia, sería plausible que se celebrase algún tipo de ritual en el templo durante el cual, emulando al dios Atum, la esposa del faraón, como Mano del dios, masturbara a su esposo.
De modo que para los antiguos egipcios este acto de autosatisfacción no representaba ningún tipo de comportamiento pecaminoso.
Al mismo tiempo, sin embargo, y según cuenta Herodoto, los egipcios fueron los primeros en prohibir mantener relaciones sexuales dentro del recinto del templo. En el capítulo 125 del Libro de los muertos, también conocido como la confesión negativa (hablé de ello aquí), se dice: “No he fornicado en el Lugar Puro perteneciente al dios de mi ciudad”. 
Otro aspecto relacionado con la religión y el sexo es la llamada teogamia. O lo que es lo mismo, relaciones sexuales entre humanos y dioses; más en concreto, entre un dios y una mujer, que será la madre del futuro faraón. De modo que este, al ser hijo carnal del dios, está legitimado para gobernar. Hay varios casos en el antiguo Egipto: en el Reino Antiguo nos encontramos con que el dios Re es el padre, según el mito, de los tres primeros faraones de la V dinastía, trillizos nacidos de una mujer humana, de nombre Ruddedet, esposa de un sacerdote.
La madre de Hatshepsut y el dios Amón manteniendo relaciones, de manera muy sutil. Esta escena procede del templo funerario de la reina faraón en Deir el-Bahari.
En el Reino Nuevo, el dios (en este caso Amón) aspira más alto y deja embarazada nada menos que a una reina, la madre de la futura reina-faraón Hatshepsut. Al igual que Zeus, el dios se hace pasar por el esposo de la mujer mortal; y aunque esta termina dándose cuenta de que realmente no es su esposo, no pone reparos a la unión carnal con el dios disfrazado.
Diadema de oro y peluca
Ponerse guapa para seducir
Es muy posible que la expresión “ponte la peluca” que aparece en algunos textos literarios egipcios (como el cuento de Los dos hermanos) fuera una forma de sugerir sutilmente un encuentro sexual. 
Los cabellos de las mujeres egipcias podían utilizar postizos en forma de trenzas o ser tapados por pelucas enteras, que les cubrían los hombros y  que eran adornadas con bellas diademas, todo con el fin de seducir a sus amantes masculinos. Un poema del Reino Medio nos muestra el papel tan destacado del peinado en este juego de la seducción:
Mi corazón piensa en tu amor, mientras que sólo un lado de mi frente está trenzado. He venido corriendo a buscarte, y he descuidado mi peinado; me he soltado el pelo y me he puesto mi peluca para estar lista en cualquier momento.
Cajita para ungüentos

A una buena y bonita peluca debía unirse la depilación corporal para estar lista para la seducción. Para ello, las egipcias contaban con cuchillas y cremas depilatorias.
Y al igual que hoy en día, no podía faltar el maquillaje, para resaltar los rasgos más favorecedores y ocultar las imperfecciones. Hasta la IV dinastía se usó malaquita verde del Sinaí para maquillar los ojos, pero ya desde el período predinástico destacó el uso del kohol, una pintura negra a base de galena. Un buen perfume, joyas (collares, pulseras, brazaletes, tobilleras y, sólo tras la invasión de los hyksos, también pendientes) y un ajustado y sugerente vestido de lino completaban el atuendo usado por cualquier mujer egipcia para seducir a su posible futuro marido.
Estatua de Amarna. Los pechos pequeños, cintura estrecha y las caderas y muslos grandes eran el ideal femenino de la época.
El escenario perfecto para la seducción eran las fiestas; los banquetes en los que se comía y se bebía, a veces en exceso, unidos a una hermosa música de fondo, podían terminar con un paseo y un encuentro sexual en la intimidad del jardín, rodeados de árboles y vegetación que ocultasen a los amantes de testigos indeseados.
Banquete en la tumba de Nakht. Músicas ligeras de ropa amenizan la comida
No obstante, ambos sexos podían también recurrir a la magia, en forma de hechizos amorosos. Invocando a los dioses, se pretendía poner a estos de parte del amante no correspondido, seguido de comparaciones para hacer ver la magnitud de sus sentimientos por el ser amado y una amenaza contra los dioses, que sólo tendrá efecto si éstos no cumplen los deseos del que realiza el hechizo. 
¡Saludos a ti, Re Horakhty, padre de los dioses! ¡Saludos a vosotras, las Siete Hathor, que estáis adornadas con bandas de lino rojo! ¡Saludos a vosotros, dioses, señores del cielo y de la tierra! Ven, haz que Fulanita, nacida de Fulanito, vaya detrás de mí como una vaca detrás del forraje; como una sirvienta detrás de sus hijos; como un pastor detrás de su rebaño. Si ellos no hacen que ella vaya detrás de mí, le prenderé fuego a Busiris y quemaré a Osiris.
El matrimonio
Una vez que la seducción (o el hechizo) había tenido éxito, se concertaba el matrimonio. Pero en Egipto este era muy distinto al concepto actual, pues no hacía falta ningún tipo de ceremonia civil ni religiosa para considerar casada a una pareja. Bastaba con que ambos empezaran a habitar bajo un mismo techo.
Es posible que los padres tuvieran cierto papel en los matrimonios, como es el caso de un padre que, desconfiando de su futuro yerno, le hizo firmar un documento donde juraba que no abandonaría a su hija, so pena de ser golpeado cien veces y ser desprovisto de las propiedades que adquiriera junto a ella.
En caso de divorcio (que podía estar motivado, entre otros motivos, por el adulterio de la mujer), la hija podía volver al hogar paterno. Incluso algún texto sugiere que las mujeres, al menos en ocasiones, podían elegir a sus maridos.
En caso de que los cónyuges no estuvieran muy seguros de que su futuro esposo o esposa fuese el predilecto, tenían la opción del matrimonio a prueba, que duraba un tiempo limitado.
Pero el fin último del matrimonio solo era uno: tener descendencia. Este hecho era vital, pues no solo serían los hijos quienes cuidarían de sus ancianos padres, sino los encargados de llevar a cabo el funeral y los ritos y ofrendas posteriores en la tumba de sus progenitores. Hasta tal punto era importante tener hijos, que la incapacidad para ello era otro motivo de divorcio. Si bien siempre estaba presenta la posibilidad de la adopción.
Una madre peinando a su hija
La edad de los egipcios para casarse era muy temprana, unos 20 años para los hombres y las mujeres en cuanto tuvieran su primera menstruación.
En cuanto a las personas con las que contraían matrimonio, los egipcios no eran ni xenófobos ni racistas, de modo que podían casarse con extranjeros. No así con esclavos, con los que sólo podían mantener un concubinato, a no ser que comprasen su libertad o fuesen adoptados. Los hijos habidos con esclavas debían ser adoptados por su padre, el hombre libre, para no ser considerados también como esclavos. La poligamia, aunque se consentía socialmente, fue muy poco practicada, por lo caro que resultaría mantener a más de una esposa.
En cuanto al polémico tema de los matrimonios incestuosos, fueron algo exclusivo de la familia real, (y en ciertos momentos, no siempre) como manera de conservar el poder dentro de una misma familia. Además, tenía una base en el mito de la creación heliopolitano, en el que las primeras parejas creadas por Atum eran hermanos y se casaron entre ellos, ya que no había nadie más disponible.
Entre la gente común no se realizaba este tipo de matrimonios; el hecho de que los amantes se llamen “hermano” y “hermana” tiene más que ver con un apelativo cariñoso y no con una verdadera relación familiar.

El harén real 
Aunque la imagen que se tenga de este sea similar a los del imperio otomano, los llamados harenes en el antiguo Egipto eran en realidad una institución paralela a la administración real, pero independiente de esta. Era el lugar donde residía la reina y donde eran educados los hijos del rey, así como la residencia de las esposas secundarias del mismo. Su sostén económico lo proporcionaba la explotación de las tierras pertenecientes al harén y determinados impuestos. Entre otras cosas, allí se producían tejidos para los trajes reales.  
Para saber más del harén ver mi artículo en Egiptología 2.0 "La casa jeneret".

La prostitución 
Aunque pocos son los testimonios que nos han llegado anteriores al reino Nuevo, no hay duda de que sería frecuente y también que estaba mal vista por el conjunto de la sociedad. La prueba está en el hecho de que, tanto en la confesión negativa, como en las Instrucciones de Ptahhotep, aparecen menciones a ello.
Durante el Reino Nuevo el oficio más antiguo del mundo se ejercía en las llamadas “Casas de cerveza”, lugares considerados de perdición, por el consumo excesivo de alcohol que hacía perder el sentido común, por los rufianes que pululaban por ellos o, incluso, por el peligro de contagio de enfermedades venéreas, como la gonorrea. El papiro erótico de Turín nos permite hacernos una idea de lo que sucedería dentro de una de esas casas de cerveza, pues nos muestra a varias prostitutas con sus clientes.

Papiro erótico de Turín. Varias prostitutas atienden a sus "súper dotados" clientes.
No parece que las prostitutas vistieran de un modo determinado o actuaran de manera distinta al resto de mujeres, pero sí es posible que algunas llevaran tatuajes, por ejemplo del dios enano Bes, si bien no era algo exclusivo de las “mujeres de vida alegre”. Además, en el caso concreto de la ciudad de Deir el-Medina parece ser que las prostitutas y sus hijos eran enterradas en lugares concretos de la necrópolis. 
Al contrario que en Mesopotamia, en Egipto no hay pruebas de que existiera la prostitución sagrada con sacerdotisas.

La homosexualidad 
Evidentemente, también existió en Egipto. Hay referencias a encuentros sexuales homosexuales ya desde el Reino Antiguo. Por ejemplo, en el mito de Horus y Seth se nos dice como éste quiso tener un encuentro íntimo con Horus.
En la mastaba de la V dinastía de Niankhnum y Khnumhotep, estos dos hombres, a pesar de estar casados, aparecen representados juntos. Se ha dicho que podrían ser hermanos, pero la iconografía es similar a la de otras tumbas en las que aparece el dueño de la tumba con su esposa, de modo que es posible que hubiera una relación amorosa entre ambos.
Niankhnum y Khnumhotep.
Un texto fechable en el Reino Medio nos dice que el faraón Pepy II tuvo una relación homosexual con uno de sus generales, Sisené. Algunos autores, no obstante, piensan que no se trataría de un texto histórico, sino de un cuento con moraleja sobre el abuso de poder que ejercía este faraón. Y es que la homosexualidad no era bien vista por la sociedad egipcia, no porque se considerase moralmente reprochable, sino porque  implicaba unas relaciones sexuales en las que intervenía la penetración anal, un acto que convertía a uno de sus participantes en dominante y al otro en sometido, lo que suponía una ignominia; además, una relación homosexual no podía producir descendencia, objetivo primordial de los egipcios como ya dije.
Lo deja muy claro el capítulo 125 del Libro de los muertos
No he copulado ni me he mancillado a mí mismo. No he sido el amante de un chico joven. No he tenido sexo con un hombre que se deja penetrar.
La homosexualidad era vista como un medio de agredir al adversario y de situarlo en una situación de inferioridad que permitiera al agresor sacar provecho de su acción consiguiendo poder sobre él.
En cuanto a la homosexualidad femenina, no hay datos seguros.

Remedios contra la impotencia y afrodisíacos 
Los egipcios contaban con varios remedios para poder cumplir con sus esposas, sobre todo en los casos en que un hombre mayor volvía a casarse con una mujer mucho más joven. Poner remedio a la impotencia era de vital importancia, sobre todo, en el caso de que aún no se hubiera tenido descendencia. Pues aunque como último recurso se podía optar por la adopción, el hombre egipcio sentía como una herida en su orgullo propio no poder dejar embarazada a su mujer.
Igualmente, usaban afrodisíacos, como nos dice este texto del s. III d.C.: 
Cómo hacer que una mujer ame a su marido. Machaca semillas de acacia con miel, unta tu falo con esto y duerme con la mujer.
Posturas 
Pareja copulando. British Museum
De nuevo se tiene poca documentación al respecto, pero tenemos algunos ejemplos en las pinturas de algunas tumbas o en textos religiosos. 
El Libro de los ataúdes/sarcófagos dice: 
La mujer tendrá placer debajo de él cada vez que él copule.
Es decir, el clásico “misionero”, que podemos ver  representado en una tumba de Beni Hassan o en un ostrakon de Tell el-Amarna.
Otra postura aún más frecuente es la llamada “a tergo”, o penetración vaginal desde atrás. También practicarían el sexo anal para evitar posibles embarazos.
La cópula de pie aparece también en varias ocasiones en los ostraka.
En cuanto a la hora preferida por las parejas egipcias para dar rienda suelta a su pasión, era la noche, algo lógico si tenemos en cuenta el calor egipcio durante el día, que debía quitar las ganas incluso a los amantes más fogosos.
En cuanto a la virginidad, al contrario que en la tradición judeocristina, para los antiguos egipcios el hecho de que la mujer llegara virgen al matrimonio carecía de importancia. 
En resumen, la escasez de representaciones sobre el sexo en el antiguo Egipto no es debida a que no disfrutaran de él, o a que lo considerasen algo vergonzoso o pecaminoso, sino que preferían sugerirlo de manera más sutil que sus contemporáneos de otras culturas, como la griega o, después, la romana. En su mentalidad el sexo estaba tan fuertemente ligado a la reproducción, que era algo inimaginable pensar en él sin hacerlo también en las capacidades reproductoras del ser humano y, por tanto, en el poder regenerador de la concepción y el nacimiento.

Bibliografía: 
PARRA ORTIZ, J.M. (2001): "La vida amorosa en el antiguo Egipto". Ed. Alderabán. España, Madrid.


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